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Semana Santa: Reflexiones para cada día

Por: Grettel Retana

La reflexión sobre los acontecimientos que conmemoramos esta semana debe ser una labor diaria. Por eso, te guiamos en esta meditación con estas reflexiones para cada día:

Lunes santo: La amistad con Jesús

Ayer recordamos el ingreso triunfal de Cristo en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos y otras personas le aclamaron como Mesías y Rey de Israel. Al final de la jornada, cansado, volvió a Betania, aldea situada muy cerca de la capital, donde solía alojarse en sus visitas a Jerusalén.

Allí, una familia amiga siempre tenía dispuesto un sitio para Él y los suyos. Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos, es el cabeza de familia; con él viven Marta y María, hermanas suyas, que esperan llenas de ilusión la llegada del Maestro, contentas de poder ofrecerle sus servicios.

En los últimos días de su vida en la tierra, Jesús pasa largas horas en Jerusalén, dedicado a una predicación intensísima. Por la noche, recupera las fuerzas en casa de sus amigos. Y en Betania tiene lugar un episodio que recoge el Evangelio de la Misa de hoy.

Seis días antes de la Pascua —relata San Juan—, fue Jesús a Betania. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó de la fragancia del perfume. (Jn 12, 1-11)

Que gran oportunidad para quienes esta semana no laboran fuera de casa, aprovechar este día para compartir con los seres queridos, familiares o amigos, que no se visitan con frecuencia, aprovechemos también para visitar a Jesús en el Sagrario, en la Eucaristía, meditar su Palabra, orar con Él y vivamos esa amistad que nos ofrece sin condiciones y dejemos que al igual que Lázaro y sus hermanas nos visite con frecuencia. Así como Jesús dedicaba todos los días a hacer un rato de oración, así se alimenta la amistad, conversando, hablando de lo que nos pasa cada día. No lo dejemos de hacer ningún día, aunque sea unos pocos minutos.

Propósito para hoy: Haré algo valioso para que este lunes sea santo para mí y para los que me rodean.

Martes santo: La traición de Judas y la mía…

Hoy, la liturgia se refiere al drama que está a punto de desencadenarse y que concluirá con la crucifixión del Viernes Santo. «En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche» (Jn 13,30). Siempre es de noche cuando uno se aleja del que es «Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero». Lo que más impresiona del relato es comprobar que la traición se fragua en el círculo de los íntimos, de aquellos que han tenido acceso al corazón del Maestro. “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”.

Es muy probable que nos consideremos seguidores de Jesús, sin saber lo que se quiere decir cuando se afirma ser uno de los suyos. La Palabra nos ofrece muchas pequeñas luces para ir descubriendo diversos aspectos del seguimiento. Hoy nos confronta con nuestras traiciones.

La palabra “traición” es muy dura. Apenas la usamos en nuestro vocabulario. Hemos buscado sinónimos como debilidad, error, distancia, etc. Pero ninguna de estas palabras tiene la fuerza del término original. Hablar de traición supone hacer referencia a una relación de amor y fidelidad frustrada. Sólo se traiciona lo que se ama. ¿Estaremos nosotros traicionando a Jesús a quien queremos amar?

Lo traicionamos cuando:

  • No cumplimos promesas que hacemos a nuestros seres queridos.
  • No tenemos tiempo para “perderlo” gratuitamente con él y no asistimos a la Eucaristía cada domingo, o cada día.
  • Usamos su Palabra para nuestro beneficio, sólo como proyección de nuestros deseos o mezquindades.
  • Volvemos la espalda a los “rostros difíciles” en los que él se nos manifiesta: Mendigos en las calles, los que han caído en las drogas, los pobres sin alimento, techo o abrigo que tenemos a nuestro lado.
  • Damos por supuesta su amistad y no lo buscamos cada día, no sacamos un rato para dialogar con Él como un amigo.
  • Repetimos mucho su nombre pero no estamos dispuestos a dejarnos transformar por él.

Propósito para hoy: Haré un examen de conciencia para ver de qué forma estoy traicionando el amor misericordioso de Jesús y su mirada me ayude a descubrir en que le estoy fallando.

Miércoles santo: La tentación de fallarle a Jesús

“Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado! Más le valiera no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Acaso soy yo, Maestro?». Jesús le respondió: «Tú lo has dicho» (Mt 26,14-25)

Cuando el amor hacia el Señor se entibia, entonces la voluntad cede, y nos dejamos caer en la tentación que se nos ofrece de muy variadas maneras. Dada nuestra naturaleza frágil, no hay que permitir que disminuya el fuego del fervor que, si no sensible, por lo menos mental, nos une con Aquel que nos ha amado hasta ofrecer su vida por nosotros.

El Espíritu Santo nos advierte: «El que está de pie, cuide de no caer». Y en el Padrenuestro decimos: «no nos dejes caer en la tentación». Nunca estamos seguros e invariables en lo referente a conservar el amor de Dios.

¿Cómo es posible que quien tiene el amor de Dios pueda perderlo?, porque el amor, donde reside, resiste al pecado. Por tanto, ¿cómo puede entrar allí el pecado? Si el amor es fuerte como la muerte, duro en el combate como el infierno, ¿cómo pueden las fuerzas de la muerte o del infierno, es decir, los pecados, vencer al amor, el cual por lo menos le iguala en fuerza y las sobrepasa en ayuda y en derecho?

¿Cómo puede ser que un alma que razona, una vez que ha saboreado tan gran dulzura como es la del amor divino pueda jamás, voluntariamente, tragar las aguas amargas de la ofensa a Dios?

Hasta los mismos cielos están estupefactos y los ángeles se quedan pasmados de asombro al ver esta prodigiosa miseria del corazón humano, que abandona un bien tan amable para apegarse a cosas tan deplorables.

Seamos perseverantes para no caer en la tentación de fallarle al Señor, que da la vida por todos y cada uno de sus hijos y recordemos que a Jesús le duele el corazón no tanto por haber sido traicionado cuanto por ver a un hijo alejarse irremediablemente de Él.

No tengamos miedo de aceptar la voluntad de Dios. ¡Señor, sí, Tú siempre quieres lo mejor para mí! No permitas que me separe de ti! Amén.

Propósito para hoy: Reflexionaré sobre el primer mandamiento “amar a Dios sobre todas las cosas”, estoy cumpliendo realmente con este mandato del Señor?

Jueves santo: el mandamiento del amor

En este día celebramos acontecimientos trascendentales en la vida del cristiano:

MISA CRISMAL:

Por la mañana el Obispo de cada Diócesis celebra esta misa junto con sus sacerdotes. En ella renueva sus promesas sacerdotales, se bendice el Óleo de los enfermos y el Óleo de los catecúmenos (los que van a recibir el Bautismo) y se consagra el Santo Crisma que se utiliza en el Bautismo, la Confirmación, el Orden Sagrado y la dedicación de la Iglesia y del altar.

MISA DE LA CENA DEL SEÑOR:

Se celebra por la tarde. Esta Misa sintetiza lo que ocurrirá el viernes, sábado y domingo. La entrega que Jesús viviría personalmente en su pasión y su cruz, El, por propia voluntad, la hizo por primera vez con sus discípulos en la Última Cena. Esta Misa evoca tres dones del Señor: la Eucaristía, el Orden sacerdotal y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna.

El texto en que Jesús lava los pies de sus discípulos resume las enseñanzas del Señor y nos ayuda a repensar nuestra fe y cómo vivirla para ser fieles a su proyecto. Avanzada la noche, y antes de servirse la cena, Jesús nos enseñó que la verdadera grandeza se mide por nuestra capacidad de servicio a los demás.

Para los cristianos, el jueves santo rememora la institución de la cena del Señor o eucaristía, y en ella Cristo mismo nos invita a servir a los demás así como también él lo hizo: «Pues si yo, el Maestro y Señor, les he lavado a ustedes los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo les he hecho» (Juan 13.14–15).

Jesús se dirige a sus discípulos y les dice, ustedes ya saben estas cosas, ¡felices si las ponen en práctica!

Jesús quiere e invita a sus discípulos a demostrar con gestos y actitudes nuevas el conocimiento de las cosas de Dios que hay en nuestro corazón. En esto se encuentra la felicidad, el sentido pleno de la existencia: en vivir para los demás como servidores.

Al enseñar las cosas de Dios, meditemos en estas preguntas:

  1. En la realidad de nuestro barrio, de nuestras comunidades, ¿qué sería repetir el gesto del «lavatorio de los pies»?
  2. ¿Cómo puedo vivir este mandato del amor a los demás en mi vida concreta de todos los días?

Propósito para hoy: Haré compañía al Señor, que está solo, y le visitaré con frecuencia en el sagrario.

Viernes santo: El camino del perdón

El ayuno y la abstinencia del Viernes Santo son ofrecimiento al Señor que asciende a la Cruz. Con esas privaciones nos preparamos para revivir en cada uno de nosotros la suerte de Jesús: en este día lo más importante no es comer o descansar sino orar y contemplar.

Es el único día del año en el cual los católicos no celebramos la Eucaristía. Conmemoramos la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y la Iglesia nos invita a subir al Calvario para experimentar la misericordia, el amor y la ternura de Dios. Usamos el color rojo del mártir que da su vida por salvarnos a todos. Celebramos la Pasión y muerte de Jesús por medio de la Palabra, por la Adoración a Dios mediante el misterio de la cruz, la que besamos como adhesión y compromiso con Cristo.

Meditamos sobre la muerte en una cruz, la cual constituía una pena denigrante, tanto que estaba destinada sólo para los esclavos, los provincianos y los criminales más bajos. Jesús sufrió una muerte violenta por ser fiel a la verdad predicada y por hacer el bien. Su vida y sus principios atrajeron la furia de muchos. No soportaron que sanara a un paralítico porque lo había hecho el día equivocado; no admitieron que se acercara a los marginados y excluidos; no aceptaron que hiciera milagros sin el consentimiento de la jerarquía religiosa; no asintieron que el amor, como él decía, fuera la ley suprema de la vida.

Fue perseguido por presentar el rostro generoso de Dios y por hacer presente, por medio de sus acciones, la bondad de ese Dios. Se entregó en la cruz y lo hizo para que todos tuviéramos perdón de los pecados; esa fue una entrega consecuente con su vida de servicio.

La muerte de Jesús es una expresión del amor de Dios; gracias a ella es posible el perdón del Señor: «El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo, para que, ofreciéndose en sacrificio, nuestros pecados quedaran perdonados» (1 Juan 4.10). Es el perdón de Dios y la reconciliación con él lo que está en el centro de la celebración del Viernes Santo.

Reflexionemos: “Quien quiera ser discípulo mío, tome su cruz y me siga”.

  • ¿Cómo es mi seguimiento de Jesús?
  • Pienso en las “cruces” de mi vida. ¿Cuáles son, cómo son, cómo las acepto?
  • ¿Soy sensible a las cruces de los demás?
  • ¿Qué puedo hacer para ayudar a los otros a llevar la cruz?

Propósito para hoy: Dedicaré un rato a la oración y meditación de la Pasión y muerte de N.S. Jesucristo.

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